
Aprendí a coser lo que me importaba al colchón. Era una práctica absurda, y mi conciencia tendía a recordármelo cada mañana de resaca. No sé qué quiero decirte en verdad, porque lo que realmente querría sería sonreír y que eso bastara. Entre sábanas que se revuelven hasta caer, irremediablemente, al suelo, dejando paso a todo aquello, me rendí. Con vodka en lugar de sangre, y esa sonrisa ya habitual en las últimas semanas, aprendí que esos pequeños detalles de cada día son los que mantienen mi sonrisa como si de alfileres se trataran. Aprendí a sentirme yo sin tenerme realmente, mientras ella escribe algo como que busca la felicidad sin tener sus ojos, y me resulta tan real que busco tu presencia por la habitación, y mi mirada desciende a la almohada, que aún presenta desgarros no curados por el orgullo, al contrario que los míos, provocados por ese querer de tus noches de sonrisas. Ya no contiene tu olor, le dejé ir pese a que la hoja de mi ventana no quiso.
Tarde de raíles y sonrisas a base de flash.
Us.