viernes, 18 de junio de 2010

Aquello.

Observé aquella fotografía y al principio no lo reconocí. Era oscura, y vieja. Su sonrisa pícara, que tantas veces había mostrado a quemarropa rozando el perfil de mi piel, aparecía cortada y entre sombras. Acaricié su rostro. La tinta no hacía justicia a la perfección del negro de sus ojos. Su brazo izquierdo estaba tenso, marcándose cada tendón y cada vena, y resaltaba, retorcida, su vieja cicatriz, aquella por la que tantas tardes pasaba mi dedo, relajada, sintiendo la diferencia en el tacto de la piel. Su nariz, recta, marcaba el finisterre de la foto. Ahí fue cuando despertó el dolor. Agudo. Brutal. Vino a oleadas, y vino a quedarse. Afuera llovía. Repiqueteaba en la ventana. Me encontré echando inconmensurablemente de menos tu presencia. No me era difícil imaginar qué harías. Cerré los ojos, evocando cada momento, torturándome a mí misma. Pero era dulce, el dolor menguaba por unos segundos, unos preciosos segundos en los que mi mente se enajenaba creyendo que estabas conmigo, allí, susurrándome un te quiero al oído, tan falso como todo lo demás. Pero por unos segundos, que para mí eran tan valiosos como podía serlo el oro, volvías a estar allí, recogiendo mis lágrimas con la yema de tu dedo y amándome. Te odio.

1 comentario:

barby pili dijo...

Si es que... como no iba a ganar mi pequeñaja =)